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Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz

Fecha: 

2017

Fuente: 

Revista Verde Olivo

Autor: 

De forma lenta y discreta un grupo de compañeros trabajó durante diez años en el sepulcro que, llegado el momento, guardaría las cenizas del líder de la
Revolución Cubana.

El cementerio Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, es visitado por miles de personas anualmente. Su valor patrimonial e histórico constituye un sitio relevante a nivel nacional. Los mármoles de alta calidad de las tumbas, panteones y mausoleos, y las estructuras de los monumentos, son dignos de contemplarlos como obras de arte que honran la vida.

Allí descansan el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes; el más universal de los cubanos, el Apóstol José Martí; Mariana Grajales, madre de los
Maceos y patriota de la manigua; treinta y dos generales de las guerras de independencia; los hermanos Frank y Josué País García, audaces jóvenes del movimiento clandestino 26 de Julio; además de los valientes que atacaron el cuartel Moncada un amanecer de 1953; revolucionarios caídos en la lucha de liberación y en misiones internacionalistas.

Desde el 4 de diciembre de 2016 un hermano de contiendas permanece cerca de estos héroes y mártires de épocas distintas, pero de ideales comunes. Fidel Castro Ruz falleció a los noventa años el 25 de noviembre; seis décadas atrás, este mismo día partió desde Tuxpan, México, hacia las costas cubanas en un pequeño yate de recreo con ochenta y un expedicionarios para derrocar la tiranía de Fulgencio Batista y hacer realidad el programa revolucionario expuesto como autodefensa en el juicio en su contra por haber dirigido el asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. Su sepulcro está delante de los de aquellos que lo guiaron en pensamiento y acompañaron en acciones, como un eterno Comandante en Jefe.

A partir de entonces, la cantidad de visitantes a Santa Ifigenia ha aumentado considerablemente. Los responsables del camposanto viven una situación no vista antes: dónde proteger las cartas, banderas, objetos que llevan los visitantes nacionales y extranjeros a modo de regalo para un hombre que hizo tanto bien. A estas personas una lágrima, una flor o un saludo marcial, les parece insuficiente, quieren dejar constancia de su paso por ese sitio, quieren retribuir, aunque sea con una ínfima parte, lo recibido.

Sierra Maestra: madre de los rebeldes

¿Cómo homenajear a un ser que como última voluntad pidió no levantar monumentos, estatuas o bustos con su imagen, ni que llevaran su nombre calles, parques, escuelas, hospitales y demás centros e instituciones? ¿Qué tumba hacer para el reposo de sus restos, que dejara intacto su honor y pensamiento?

Una urna de cedro abriga las cenizas en una roca extraída de un sitio próximo a la Gran Piedra, lugar del oriente de la Isla que pertenece al macizo montañoso Sierra Maestra, el cual prevaleció en la vida de Fidel en los momentos de comenzar la lucha.

Cuando atacó el Moncada tenía previsto tomar las armas y subir a esas elevaciones para continuar peleando; a pesar del fracaso táctico, intentó llegar a ellas tomando la ruta de la Gran Piedra.

Días después de la acción, debido al cansancio y el hambre fue capturado. En el juicio, ante la pregunta de quién era el autor intelectual de aquellos hechos, respondió que José Martí, por eso sus sepulcros debían encontrarse lo más próximo posible. Ni la muerte podría separarlos.

En 1955, al ser excarcelado, viajó hacia México para continuar los preparativos en aras de alcanzar la soberanía de Cuba. Los hombres partidarios de esa idea recibieron entrenamiento militar en aquel país. La Sierra Maestra siempre estuvo presente en el desarrollo de los futuros combates. Allí se desencadenó la lucha.

Ahora sus cenizas descansan en el interior de una roca, como si estuvieran dentro del corazón de la mencionada serranía y, a su vez, perduran con la modestia que expresa una prédica martiana: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

Con una compartimentación muy alta, un reducido grupo trabajó durante diez años en el proyecto. El entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), General de Ejército Raúl Castro Ruz, hoy presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, le encomendó la tarea en el 2006 al arquitecto Eduardo H. Lozada León quien, junto a su esposa Marcia Pérez Mirabal, de igual profesión, tejieron la concepción del recinto.

El Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque asesoró la labor y buscó soluciones como la del cercado perimetral, para lo cual propuso tener en cuenta la parte superior del monumento dedicado a José Martí en Dos Ríos, lugar de su muerte en combate.

Después de fallecer Almeida, el viceministro de las FAR, general de cuerpo de ejército Ramón Espinosa Martín, asumió tal responsabilidad; él tenía en su memoria la existencia de la piedra y señaló el lugar donde se encontraba.

Durante tres años se trabajó en el perfeccionamiento de la roca granitoide, que posee un peso entre cuarenta y ocho y cuarenta y nueve toneladas aproximadamente, y una altura cercana a los cuatro metros. Pulirla, perforar el espacio para la urna, revestir el interior y preparar la tarja exterior de mármol verde y letras en bronce –FIDEL– llevó un considerable tiempo.

De forma paralela, mientras integrantes de la Empresa de Construcciones Militares de Santiago de Cuba laboraban en el elemento principal, Mariano Lamber Matos, en la función de inversionista, adelantaba detalles como la creación de las columnas del cercado y el piso, construidos de mármol color crema de los yacimientos de Bayamo. Se hicieron 19 con este material en representación a las columnas y el Pelotón de las Marianas creados en el Ejército Rebelde. Las cadenas que atan estos elementos denotan la unión de acciones de las citadas fuerzas.

Existen a la entrada de la tumba dos pedestales semejantes a otros que conforman el cierre del cementerio en alusión a la acción cívica y el movimiento de la clandestinidad: cuando triunfa la Revolución, el 1.º de enero de 1959, Fidel llama al pueblo a la Huelga General y le da armas al Movimiento 26 de Julio para tomar el Moncada.

El jefe soldado

A ambos lados de la senda que conduce al monolito hay un pequeño espacio en el suelo enchapado de piedras chinas pelonas; las cuales fueron recogidas de las desembocaduras de los ríos que pasan por La Plata y el Uvero, combates victoriosos de los rebeldes que, según el Comandante Ernesto Guevara de la Serna, Che, en el Uvero alcanzaron la mayoría de edad. En estas acciones, el Comandante en Jefe participó como un soldado en la trinchera.

Lentamente se avanzó en la construcción del recinto funerario. Muchas personas contribuyeron de distintas formas sin saber el verdadero fin de su trabajo.

Cada detalle elaborado con la mayor sencillez posible contiene un significado, hasta la vegetación que acaricia la roca tiene un simbolismo: los helechos, propios de la Sierra, y las posturas de café, ubicadas en las jardineras, imitan el uniforme verde olivo y su aroma trasmite la sensación del olor en las montañas.

Todas las mañanas, en el cementerio Santa Ifigenia, el sonido de unas campanas y una música dan inicio a la Guardia de Honor del Héroe Nacional
José Martí y, de igual manera, se le rinde tributo al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz. Un joven soldado marcha junto a los demás para colocarse como centinela al lado del monolito. La ceremonia del relevo se realiza cada treinta minutos hasta el atardecer.

Cae la noche y el silencio invade el camposanto, aparentemente, porque el Concepto de Revolución se escucha entre los mármoles y las piedras.