Dos anécdotas de Fidel

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Fidel siempre estará presente en el acontecer cotidiano de los cubanos porque su pensamiento, su visión, están muy vivos en la obra que echó a andar para emancipar de manera definitiva a la nación y legarnos una estrategia de futuro.
Una anécdota puede ser la expresión concentrada de la realidad y sobre Fidel hay miles, las atesoran muchas personas y habrá que contarlas para que las nuevas generaciones se aproximen mucho más a su genio, a su luz larga, a su conducción que con tanta sabiduría se impregnó en todos los sectores de la vida nacional.
Dos recuerdos del Comandante en Jefe motivan este relato. Uno ocurrió en febrero de 1978 en la central termoeléctrica de Mariel y la otra en la noche del 23 de junio de 2001, tras la fatiga que tuvo durante el discurso de la tribuna abierta en el Cotorro.
Política energética del país
El 15 de febrero de 1978, el líder de la Revolución acudió a Mariel para inaugurar la segunda unidad de 100 megawatt de la central eléctrica Máximo Gómez, con lo cual solo esta planta produciría la energía que Cuba consumía en 1958.
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Fidel recorrió la nueva planta, que contribuía al crecimiento
de la capacidad de generar energía eléctrica en cinco
veces lo instalado antes de la Revolución.
(Foto: AR-CHIVO PERIÓDICO GRANMA)
Cuando Fidel llegó al lugar les planteó a las autoridades que antes de hacer ningún discurso quería recorrer la instalación y apreciarla en su pleno funcionamiento e inmediatamente penetró hacia la gran fábrica. Como periodista, acompañé a su comitiva durante todo el recorrido y ya al final, hicieron una parada en la moderna sala de control de la termoeléctrica. Allí el Comandante sostuvo un diálogo con Joel Domenech, entonces ministro de la Industria Básica.
Fidel fumaba entonces, saboreaba en su boca un largo tabaco Cohiba lancero. Y le preguntó a Domenech –Bueno, Joel y qué viene ahora para seguir ampliando la electrificación del país.
El Ministro de la Industria Básica le respondió que de acuerdo con lo planificado y tras la firma de los acuerdos con la entonces Unión Soviética, el próximo proyecto a acometer era la construcción de la central electronuclear, cuya generación garantizaría el desarrollo perspectivo del país.
El Comandante lo escuchó con atención y le replicó:- Joel, ¿qué tú me quieres decir, que vamos a subordinar el desarrollo eléctrico del país a un proyecto sobre el cual no tenemos experiencia, no tenemos idea de cuánto pueda durar su construcción.
Se hizo silencio. Domenech le recordó que esa era la proyección acordada y entonces el Comandante dijo que había que reformularla, volverla a discutir, había que plantearse otra línea de desarrollo y añadió: tenemos que construir una planta al norte de La Habana y tener la cobertura necesaria para la capital (fue la que se hizo en Santa Cruz del Norte); hay que hacer una en Matanzas para asumir la perspectiva del turismo (es la central Antonio Guiteras), seguir ampliando Cienfuegos, Nuevitas y Santiago al igual que Mariel y pensar en hacer una central eléctrica para el norte de Oriente (la actual Lidio Ramón Pérez).
Siempre me he preguntado qué situación crítica hubiera tenido el país sin esa estrategia que cambió por completo toda la concepción de la electrificación y que se complementó después con la ideas de la Revolución energética en el 2003.
Tengo tantas cosas que hacer todavía
El otro hecho fue aquel infortunado 23 de junio de 2001 tras el desmayo en el Cotorro consecuencia de casi tres jornadas de intenso trabajo, donde Fidel apenas descasó ni se alimentó adecuadamente.
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compareció en el programa Mesa Redonda
de la televisión el mismo día de la
tribuna abierta en el Cotorro,
donde había sufrido una fatiga.
(Foto: ARCHIVO DEL AUTOR)
Cuando se recuperó le dijo al pueblo que terminaría su discurso en la Mesa Redonda y así fue. Esa tarde habló ante las cámaras de televisión y tuvimos el privilegio de acompañarlo como panelistas Randy Alonso, Rogelio Polanco y este redactor. Cuando finalizó el programa, el Comandante invitó a Raúl, a otros compañeros y a nosotros tres para que lo acompañáramos en una cena.
Cuando salimos del estudio del ICRT en la calle M, como me era camino en la ida hacia al Palacio de la Revolución, pasé por mi casa pues tenía un hijo pequeño con mucha fiebre debido a una infección en la garganta, a quien se le estaba inyectando un fuerte antibiótico. Al llegar al recinto de Palacio me percaté que era el último en llegar. Raúl conversaba amenamente con varios compañeros y el Comandante estaba sentado en una butaca en una esquina del salón despachando con otra persona. El General de Ejército me preguntó si había estado esa mañana en la tribuna del Cotorro y le comenté que no, había estado cumpliendo otra tarea de la Asamblea Nacional y al concluir y abordar el auto comencé a escuchar el discurso del Comandante por la radio y al poco rato de oír lo sucedido pensé que había sufrido un infarto cardiaco y apresuré la marcha hacia las oficinas auxiliares de la Asamblea, entonces ubicadas en la calle 42, en Playa.
Le dije que cuando llegué, entré al edificio casi junto con el Comandante Faure Chomón, asesor del Presidente de la Asamblea, y me encontré en el patio a un grupo numeroso de trabajadores muy agitados por la situación y algunos plantearon que se debía reclamar a varios compañeros que trabajaban allí, como Ricardo Alarcón, Jaime Crombet, Faure y Jorge Lezcano, que como miembros del Comité Central plantearan en un Pleno del CC el reclamo al Comandante de que debía descansar por lo menos siete horas y que Fidel debía acatar ese acuerdo por respeto al Partido y su militancia.
Raúl esbozó una sonrisa, se viró hacia donde estaba el Comandante y le dijo: Fidel debes escuchar este cuento de Lázaro…
El Jefe de la Revolución me llamó a que me sentara a su lado. Lo primero que me preguntó es por qué me había demorado tanto tiempo en llegar. Le expliqué lo del niño y como alguien muy conocedor de medicina me inquirió por los síntomas, la fiebre, el medicamento, y ante mi respuestas me dijo que no me preocupara, que en 72 horas el niño saldría de esa crisis (y así fue).
De inmediato pasó al tema: qué cuento era el que Raúl decía yo le iba a narrar, con cierta timidez le respondí “no es nada importante Comandante”, pero él me insistió en que le contara. Le relaté lo acontecido en la Asamblea Nacional esa mañana. Fidel me miró de manera risueña y me espetó: “Tú sabes qué, Lázaro… (pronunció una palabrota y seguidamente) de eso nada, como voy a dejar que a esta altura de mi vida me vengan a gobernar y decirme lo que debo hacer cuando tengo tantas cosas que hacer todavía, de eso nada…”
Me eché a reír. Pero me quedó esa sensación de que el Comandante no renunciaría jamás a su estilo de trabajo y a esa idea de consagrar su vida a la Revolución y a su pueblo.