Y que se ensañe, ahora, la esperanza
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Treinta y ocho médicos de la Brigada Henry Reeve llevan un mes de labor en Haití apoyando el trabajo de los más de 570 profesionales de la salud de misión permanente allí
Haití parece haber nacido predestinada a ser una tierra para el desconsuelo. Haití se ha dolido una y otra vez en los últimos 200 años, aunque el mundo parece no dolerse.
Haití grita, se desgarra. Lleva en siglos de historia las marcas sin sanar que le dejaron el colonialismo y la esclavitud. Una cruz que en los hombros de un país tan rebelde, tremendamente emancipado, decidido a proclamar su independencia antes que nadie en la América Latina, debería ser hoy más ligera.
Pero nadie es Haití. No es tendencia en las redes sociales. No amerita que otros se vistan con su imagen por un día. Sus gritos se ahogan.
Haití no es noticia, a menos que vuelva a ser sacudida por Natura, por el cólera, por el hambre…
Parece servir no más que para ser la nación más pobre del continente americano, y una de las más desfavorecidas del mundo.
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Haití no sale del infierno, sino que «el infierno de este mundo» pudiera reducirse a los 27 750 kilómetros cuadrados de esa tierra.
De los últimos huracanes que han pasado por Cuba, la mayoría lo ha hecho antes por Haití. Allí se cuentan los cadáveres por cientos, por miles, y me pregunto cómo un pueblo puede ser tan fatal.
Haití ha visto temblar su suelo, abrirse, tragarse casas, calles, ciudades; le ha visto la cara bien de cerca a esa maldición que es la escasez.
El 2010 fue un año interminable; los de antes y después, también. Un terremoto inicial, único, arrasador. Luego, 12 réplicas indolentes que se encargaron de hacer colapsar lo poco que quedaba en pie.
Y como si todavía hiciese falta mostrar la vulnerabilidad extrema de un país, apenas seis años después llega el huracán Matthew, en esa secuencia de desastres naturales.
Mientras, no dejan de sumarse a la danza los vaivenes políticos de una nación que, desde febrero, cuenta con un gobierno provisional.
Regresa a Haití el rastro de destrucción y muerte. Entonces, el dolor que no se ha ido, que la habita hasta la médula se luce, se hace más palpable, se enseñorea en campos y ciudades; mira al sur con más ganas y lo abraza.
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Dicen que el ojo de Matthew miró con desdén el extremo suroccidental de Haití. Por allí entró, y luego de unas pocas horas ya el país había sido declarado en emergencia y se hacía evidente que, para recuperarse de este golpe, necesitaría ayuda internacional.
En la punta de la isla, el departamento de Grand’Anse bien lo sabe. Vio a Matthew de cerca, más cerca aún de lo que nos devuelve la Agencia Espacial de Estados Unidos en sus fotos satelitales. Una de ellas terrorífica, como si el ojo y las nubes dejaran de serlo, para simular una calavera.
No importa lo que vemos. La imagen de terror ahora está en los rostros de mujeres y hombres, y los niños… otra vez tantos a la suerte, si es que hay suerte bajo el cielo de Haití.
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Cuesta pensar en los días sobre los escombros. Cuesta, sobre los escombros, pensar los días. Así será un largo tiempo, así ha sido. Y sorprende la persistencia humana contra el infierno, incólume bajo la tempestad. Haití urgida de resurgir. Haití temerosa de enfermar ahora con las náuseas de Matthew sobre su suelo. ¿Dónde queda «el nada mentido sortilegio» de sus tierras?
Haití está más sola de lo que debiera. Parecería un drama. No lo es. Lo que sucede es que mirar tanta desgracia, dicen los titulares de los medios, abruma, y obviar es, acaso, una mejor opción.
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¿Cuántas veces cabría Haití en Cuba, o Cuba en Haití? Somos, en puntos cardinales, lo más próximo que tiene este país al occidente, pero existimos igual de pequeños, igual de grandes.
Unos 18 años han pasado desde las inundaciones de los huracanes George y Mitch; desde aquel diciembre en que el primer colaborador médico cubano llegara a Puerto Príncipe.
Y en días como estos donde muchos (menos de los necesarios) han llegado a ayudar, recuerdo que Cuba ya estaba.
Más de 600 hombres y mujeres cubanos prestan hoy servicios en Haití. A lo largo de las últimas dos décadas, muchos más cubanos han hecho lo suyo para sanar el dolor de cuerpos y almas. Hay, definitivamente, un pedazo de Cuba esparcido allí.
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Matthew sorprendió en Haití a más de 570 profesionales de la salud cubanos. Otros 38 sorprendieron a Haití: los del contingente Henry Reeve, especialistas en epidemias y desastres, que no se hacen esperar y acuden prestos. Especialistas, mucho mejor, en alentar.
Desde Anse-d’Hainault, una de las comunidades del departamento de Grand’Anse, nos comunicamos vía electrónica con algunos de nuestros médicos.
«Es un poblado netamente pescador que quedó devastado. Muy pobre, humilde, donde su gente te permite entrar sin reparos a sus viviendas o lo poco que quedan de ellas, y dan gracias a Cuba y a nosotros por estar aquí», nos cuenta Enmanuel Vigil Fonseca, médico del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, y uno de los integrantes de la brigada Henry Reeve.
¿Qué hacen?, preguntamos, y el doctor nos habla de cómo fumigan, cloran su agua de beber e imparten charlas y quimioprofilaxis contra el cólera, además de insistirles en el uso de repelentes y mosquiteros para evitar el paludismo «tan crudo en esta zona de Haití».
La Organización Panamericana de la Salud daba cuenta recientemente que desde octubre del 2010 Haití ha reportado más de 790 000 casos de cólera con más de 9 300 muertes. Con este fantasma luchan los médicos cubanos en esta tierra, pero a un mes del último desastre las noticias son halagüeñas.
Hace dos días, cuando la Brigada Médica Cubana Henry Reeve en Haití cumplió un mes de labor en esta nación, nuestro entrevistado compartía en su muro de Facebook.
«Durante todo este tiempo, hemos pesquisado a más de 40 000 pacientes y hemos llegado a más de 2 500 viviendas. Las principales patologías son las infecciones respiratorias agudas, el parasitismo intestinal y la desnutrición. A nuestra llegada existían alrededor de 86 casos de cólera, hoy ha sido reducida esa cifra a 14 casos ingresados, al igual sucede con el paludismo, de siete casos diarios se bajó a uno o ninguno. Todo este resultado, junto a la brigada permanente aquí, ha sido gracias al trabajo continuo, casa a casa, la fumigación, tratamiento de las fuentes de agua, el despliegue en toda la zona en busca de casos. Se han realizado más de 200 controles de focos, dando quimioprofilaxis al 100 % de la población. Todos estamos bien. Seguimos en combate».
Es apenas una muestra de lo que han logrado estos 38 colaboradores, entre los cuales hay médicos generales integrales, enfermeros, licenciados en higiene y epidemiología y técnicos de vectores, junto a los médicos, enfermeras, rehabilitadores, ginecobstetras, cirujano, clínico, pediatra, técnico de anestesia y laboratorio de la brigada de la misión médica permanente.
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Enmanuel escribe en el chat y trato de aprovechar la conversación saturándole a preguntas. Le pido historias. Él las esboza. Pregunto nombres, «te los debo porque todo es muy dinámico, las cosas suceden muy rápido».
No importa, porque hay un nombre común llamado «agradecer», que los haitianos no han descuidado ni un momento. Y entonces se te ensancha el corazón con la foto de la pizarra que ahora ves y el gesto allí escrito «Merci Ampil Vive la Brigade Kiben». Muchas gracias, viva la Brigada Cubana.
Tomás Bonne Grey lleva dos años y tres meses en este país, es licenciado en terapia física y rehabilitación y pertenece a la brigada médica cubana permanente en Haití.
Ahora le sirve de guía e intérprete a los médicos de la Henry Reeve. A él también le escribimos. «Nunca pensé con mis 29 años recién cumplidos que viviría todo esto.
Realmente nunca estaremos preparados para el tipo de cosas que presenciamos aquí, solo sé que debemos ser fuertes», dice.
Los médicos cubanos lo son. Han demostrado su entereza. Enmanuel y Tomás cuentan entonces la misma historia, que sobrecoge; y hablan de la «bebita de unos dos meses» que encontraron extremadamente deshidratada mientras realizaban una pesquisa en una zona montañosa y apartada.
Allí estaba, dentro de una casa apenas en pie, sola, huérfana. «Sentimos el llanto tenue, pues ni fuerza tenía la criatura, estaba lloviendo y pienso que eso fue lo que la obligó a despertar y gritar», rememora Tomás.
«Nos dimos cuenta a simple vista que estaba totalmente deshidratada e inmediatamente los médicos la examinaron. Comenzamos a preguntar dónde estaban los padres, pero era muy difícil ya que en una zona montañosa las casas quedan a distancias separadas unas de otras; hasta que alguien nos explica que la niña vivía solo con su madre y que esta había muerto de cólera. Encontrarla fue una suerte», dijo.
En el hospital que tiene la brigada la niña fue atendida y puesta fuera de peligro. Una señora se hizo cargo de la pequeña y la cuida ahora; mientras ellos, nuestros médicos, dicen fortalecerse con experiencias como esta.
«Es duro ver cómo estas personas sufrían y sufren sus pérdidas, tanto materiales como familiares, y el solo hecho de volver a verlos sonreír con nuestro trabajo, me llena y nos llena a todos de satisfacción. Cuando te ven llegar es como si fueras un rayito de luz», insiste Tomás.
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Un premio al amor y la solidaridad acaba de entregar al contingente de médicos cubanos Henry Reeve la fundación italiana Foedus, como reconocimiento a tanta entrega.
Haití tiene a Cuba ahora, la ha tenido desde hace mucho. Pero no deja de necesitar ese huracán de ayuda estacionario que se ensañe con sus hijos, así de fuerte, como Matthew. Si al menos, no fueran solo nuestros médicos los que vistan de esperanza.